Hay restaurantes que abren. Y hay otros que aterrizan con tanta fuerza que, cuando te quieres dar cuenta, ya forman parte de esa lista mental de sitios a los que acabas llevando a todo el mundo con la frase de rigor: ‘Tú hazme caso…’. Eso es exactamente lo que ha pasado con Barriga. Desde que levantó la persiana en marzo de 2025, en plena calle Escultor Viciano de Castelló y en plenas Fiestas de la Magdalena, este templo del buen comer ha demostrado que no hace falta inventar la rueda para conquistar un estómago. Basta con comprar buen producto, cocinarlo con cariño y no estropearlo por el camino. Ya sabéis, la nueva teoría gastronómica del menos es más. Parece fácil, pero no lo es.
Detrás de esta aventura y es otra cosa que la convierte en más interesante, están Paco Llansola, Jacobo Igiliki y Manuel Díaz, tres socios que decidieron apostar por una cocina mediterránea, sin fuegos artificiales y curiosamente sin que ninguno de los tres provenga del sector restauración. Porque las espumas están muy bien, pero cuando delante tienes una sepia del Grau de Castelló perfectamente cocinada, el espectáculo ya viene de serie. Y cuando haces las cosas bien, los reconocimientos acaban llamando a la puerta. En apenas unos meses llegó el Solete de la Guía Repsol. Reconocimiento que viene a decirte: ‘Oye, aquí se come muy, muy bien’. Y la verdad, cuando lo has visitado, cuesta llevarle la contraria.



La carta juega con esa maravillosa mezcla entre tradición y descaro. Aparecen los huevos con txistorra (de las buenas, no las de Koldo), espárragos y puré de boniato; longaniza de Morella; un calamar que se atreve a abrazarse a la sobrasada con miel, sin pedir permiso; la gamba roja de Les Columbretes; los siempre codiciados canyuts de la Ràpita (Delta del Ebro); la alcachofa confitada de Benicarló, rellena de pulpo a la brasa; la sepia enterita que hace que más de uno se plantee si realmente necesita cubiertos; el pan de Els Ibarsos o los quesos de oveja de Les Coves de Vinromá.
Además, el fuera de carta cambia casi tanto como el tiempo en primavera. Aquí manda el mercado. Si el producto está espectacular, entra. Si no, pues mañana será otro día. Porque Barriga nunca ha pretendido ser un restaurante de postureo. Su objetivo era a priori mucho más complicado, convertirse en ese local de toda la vida donde uno va a comer, a alargar el café, a arreglar el mundo y, si hace falta, pedir otra ronda porque todavía queda conversación. Es difícil definirlo, a mitad de camino entre bar, restaurante, casa de comidas o bistró. Cualquiera de esos conceptos le sería aplicable, hasta el de bar de copas, de vino por supuesto y si es el Blanc de Clotàs, ese blanco de macabeo y tortosí que elabora Vicente Flors en su bodega de Les Useres.
Hasta la propia Guía Repsol lo ha definido como un refugio urbano donde el producto local se disfruta sin artificios. Traducido al idioma GastroTurista: un sitio de donde sales pensando que quizá pedir postre sí era una buena decisión. Pero como quedarse quietos no entra en el vocabulario de sus creadores, apenas un año después llegó el hermano pequeño de la familia: Barrita.



Abierto justo un año después, frente al Mercat Central de Castelló del que se aprovisiona frecuentemente, Barrita no pretende competir con Barriga. Su concepto es más desenfadado y se adapta a las modernas barras, con excelente producto de mercado. La idea recupera la cultura de las tabernas del sur, pero pasada por un filtro contemporáneo. Sin perder autenticidad. Sin perder carácter. Y, sobre todo, con vocación de alimentar y entretener. Si decides visitarlos, no olvides pedir sus originales patatas con huevos fritos y unos pequeños carabineros con salsa picante realmente deliciosos. El espacio apuesta por un minimalismo que cede el protagonismo a lo realmente importante, su su informal propuesta gastronómica, en la que aparecen las ostras, las gildas, un brioche de tartar de gamba roja capaz de provocar silencios en la mesa, el curioso bikini de pollo a l’ast o una fritura del Grau que sabe exactamente a lo que tiene que saber, a mar y a felicidad. Solo una pega, necesitan un buen vermut valenciano y en Castelló tienen unos cuantos.




Todo elaborado con producto de temporada y con la misma obsesión por la calidad que convirtió a Barriga en uno de los nombres propios de la gastronomía castellonense. Porque, al final, ninguno de los dos es un restaurante al uso. Son dos maneras de disfrutar. Una invita a sentarse sin mirar el reloj. La otra a picotear, brindar y dejar que la barra haga su magia. Pero ambas demuestran que, cuando el producto manda, la cocina habla por sí sola… aunque, si va acompañada de un buen vino, siempre se entiende mucho mejor.
Barriga – Menjar de tota la vida

