El padre del albariño era un valenciano

El pasado 28 de octubre las redes sociales se llenaron de menciones y referencias al fallecimiento del actor Matthew Perry, todo el mundo lamentaba su muerte. Y me entristeció mucho porque un par de días antes había fallecido Jesús Requena, el padre del Albariño. Solo su amigo Federico Fuertes Banacloig publicó un post en Facebook (con dos fotos que, con su autorización, reproduzco en este artículo).

Lo conocí hace diecisiete años en una visita a Setaigúes, nos había invitado un cliente de Punto Radio, el exjugador del Valencia CF Enric Cuixart, convertido junto a su mujer en promotor inmobiliario. Tras nuestra visita nos invitaron a visitar una pequeña bodega artesanal, a la salida del pueblo, con un señor mayor que nos atendió muy amablemente y que al despedirse me dijo:

– ‘Oiga, ustedes que son de Las Provincias ¿no le llevarían estas botellas a mi amigo Lladró

Así que, cuando llegamos se las entregué a ese señor que escribía de gastronomía en el piso de arriba. En aquella época éramos compañeros, pero Vicente aún no era mi amigo. Más tarde, cuando empezó nuestra amistad, me explicaría la historia de este personaje tan singular que, aquí en su tierra, ha pasado muy desapercibido.

EL VALENCIANO LOCO DE LA UVA ALBARIÑA

Jesús era funcionario de lo que entonces se denominaba PPO (Promoción Profesional Obrera) y comenzó una labor docente, pero sus jefes del ministerio decidieron enviarle a Galicia, a las Rias Baixas. Allí descubrió una tierra pobre, donde eran las mujeres quienes realizaban las tareas del campo y los hombres emigraban o se embarcaban. Esa forma de vida hizo pensar al bueno de Requena que tenía que hacer algo por aquella gente. Al margen de su trabajo, observaba a aquellas gentes y a los vinos que se elaboraban en la zona, con criterios científicos por su formación enológica fijándose en la uva albariña, muy poco apreciada por los gallegos ya que con ella se elaboraban vinos muy ásperos y amargos, poco agradables que usaban para hacer sombra en los parrales; una variedad que al parecer trajeron los monjes cistercienses de Francia al Monasterio de Armenteira. Jesús comenzó hacer pruebas con esa uva, porque estaba convencido de que, con ella, se podría hacer un buen vino.

De repente todo cambió y durante un viaje de trabajo se alojaron en un monasterio donde los monjes les dieron de cenar. Probaron un vino que le emocionó y preguntó rápidamente:

– ¿Qué clase de vino es este? ¿Con qué uva se elabora?
– Con uva albariña, la elabora aquí en el monasterio el padre vinatero.

No lo podía creer y pidió que lo llevaran a hablar con el padre vinatero, quien le explico el secreto, consistentes en parar (sin dejar que se complete) la segunda fermentación, algo que él ya venía intuyendo con las pruebas que había hecho. Aquello fue toda una revelación, para el vecino de Setaigües y para Galicia.

Aprovechando su cargo en el ministerio impidió que se arrancaran más campos de albariña y poco más tarde se creo la primera bodega cooperativa de albariño. Una cooperativa que murió de éxito, pues al poco de disolvió y los cooperativistas crearon cada uno su propia bodega. Una vez perfeccionada la fórmula, pocos imaginaron que iba a llevar la riqueza a muchos de aquellos humildes agricultores.

Uno de ellos su propio jefe, José María Fonseca (propietario de la flamante Terras Gauda), le pedía explicaciones por salirse de su trabajo como docente y por la continuas quejas que recibía: ‘Que se vaya de aquí el valenciano, ese tío está loco’. Pero finalmente, tras el éxito alcanzado, su fama se fue extendiendo y comenzaron a lloverle las ofertas. A todas dijo que no, que él había ido a Galicia a enseñar y ayudar a la gente, no para ganar dinero. Viendo el interés de otros por el incipiente albariño, incluso empresas catalanas quisieron llevarse la producción, promovió la denominación de origen Rías Baixas. 

También tuvo sus peripecias con Laureano Oubiña, ya que él fue quien plantó el albariño en el famoso Pazo Baión y donde realizó muchos de sus experimentos y avances. Obiña no lo dejaba marcharse, aunque el veía ‘veía cosas raras’.

En los años noventa volvió a casa, aunque siguieron llamándole durante bastante tiempo en busca de consejo. El mismo Laureano Oubiña se puso en contacto con él a su salida de la cárcel, para ofrecerle montar una nueva bodega, pero Jesús nunca quiso hacerse rico. Hombre de profundas convicciones religiosas, dedicó sus últimos años a cuidar de su mujer y de su pequeña viña de albariño y mencía. 

EL RECONOCIMIENTO GALLEGO

En julio del 2014 nuestro ilustre paisano tuvo su más que merecido reconocimiento entre los Cabaleiros y Damas del Albariño. Todo un histórico con el que la denominación tiene una gran deuda, el enólogo Jesús Requena fue el responsable de que los viticultores comenzaran a arrancar las cepas híbridas y a plantar albariño. 

El presidente del consello regulador, Juan Gil, decía de Jesús Requena ‘Es uno de los autores de la viticultura moderna que enseñó a podar y a construir emparrados diferentes. Darle la capa de Cabaleiro es un acto de justicia’.

Y así se ha marchado el bueno de Jesús Requena, en silencio, sin hacer ruido, recordado por solo unos cuantos de sus paisanos en Valencia, mientras en Galicia ha sido noticia en los grandes rotativos y emisoras de radio. Quizás el sector vitivinícola valenciano le deba un reconocimiento a quien tanto hizo por la cultura del vino.

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