El autor de esta crónica de viajes, mi amigo Javier Falomir, el hijo de don Godofredo, es persona leída y viajada, lo que le convierte en una pluma lo suficientemente autorizada para hablar de cuanto ha visto en esta escapada fallera ‘ con mascota’, sobre todo tras su reciente pasado dedicado al periodismo más variopinto. Seguro que sus consejos os van a servir si pensáis descubrir la provincia de Girona.
Javier Falomir Gil.- Cuando debajo de casa, pegada a la ventana de tu habitación, instalan una carpa modelo Titanic (muy populares estas pasadas fallas) y amenazan con cinco noches seguidas de verbenas hasta las cuatro de la madrugada, huir de Valencia es una decisión terapéutica. Si además eres responsable consorte de un peludo, que considera que los petardos son enemigos personales a los que hacer frente a ladridos, entonces la fuga es cuestión de supervivencia. Cualquier destino sirve, pero puedo asegurar que la provincia de Girona es una excelente opción.
La preciosa ciudad medieval de Besalú, con su romántico puente que cruza el río Fluvià, nos acogió como base logística en una casa rural cómoda y céntrica. Besalú alberga un museo internacional del circo, que prometo visitar en mi próxima estancia, entre otros atractivos. La ciudad es bella, auténtica y tranquila. Y sus habitantes afables y muy amantes de la forja. De hecho hubo una curiosa feria de forja durante nuestra estancia.



La primera excursión nos llevó hasta Castellfollit de la Roca que, como su propio nombre indica, está enclavada sobre un pedrusco de basalto inmenso que le confiere un aspecto pintoresco y unas vistas panorámicas inigualables. Muy cerca está Monells, otro pueblo medieval conservado con primor y de una belleza extraordinaria. Paseando por sus calles uno imagina que sería el escenario ideal para rodar películas de época, porque te transporta siglos atrás aunque también hayan rodado comedias contemporáneas como ‘Ocho apellidos catalanes‘ que poco tienen que ver con el espíritu de este precioso burgo. Tomar un aperitivo en Sant Joan de les Abadesses, después de visitar su Pont Vell y su Monasterio es una buena idea (tienen un excelente vermut y aceitunas sabrosas) antes de ir a comer a Camprodón, población en la que tuvo su residencia Serrat, el Nen de Poble Sec, (según afirmaba él mismo en una canción), algo muy lógico por parte del cantautor dada la belleza del lugar donde confluyen los ríos Ter y Ritort. También fabrican allí unas galletas llamadas Birba que según mis compañeras de viaje son bastante afamadas. El restaurante El Pont 9 (Restaurant El Pont 9 – Restaurant El Pont 9) es muy recomendable para disfrutar de una cocina catalana tradicional, puesta al día con toques de modernidad. Tienen también menús degustación para darse un auténtico homenaje. Y además no hay problema con los perros, algo que llama bastante la atención en comparación con los restaurantes de Valencia. Para rebajar la comida conviene ir a dar un paseo por el lago de Banyoles, que tras su reconversión como sede olímpica para el 92 ha quedado hecho un primor.



Girona capital tiene un merecido prestigio pero la provincia acumula pueblos de interior con un encanto extraordinario como Pals, Madremanya o Peratallada cuya visita y disfrute son de obligado cumplimiento, como así lo hicimos. Sin olvidar sus pueblos costeros que también son muy hermosos especialmente si los visitas en meses en los que el turismo de playa y el calor no te asfixian. Así pues, comer en Begur, concretamente en Can Pere (Rostisseria CAN PERE – Begur), nos resultó una experiencia muy agradable. El local ofrece unas anchoas de l’Escala, unos canelones y una bacallà exquisitas. El servicio no puede ser más amable e igualmente los canes son bienvenidos. Visitar después, al atardecer, una playa tan recoleta como la de Calella de Palafrugell (territorio del gran Josep Plà) siempre es un buen final de jornada.
La excursión hasta la Vall de Núria (Horarios y Tarifas | Vall de Núria – Invierno (valldenuria.cat)) es otra actividad que completa un día entero de júbilo vacacional. Hay que ascender en el simpático tren cremallera donde ¡oh sorpresa! también admiten a los cuadrúpedos siempre que lleven un bozal que se vende en la misma estación. Una vez en la cumbre, el lago helado y las vistas del valle tras ascender en un teleférico (incluido en el billete) son impresionantes. No hay mucho lugares donde comer allí pero el buffet libre por 24 euros al que también pueden acceder los perros (al restaurante, no al buffet) cubre con enorme dignidad las aspiraciones gastronómicas de los excursionistas.



De regreso hacia Valencia, pasar por la señorial y volcánica Olot y hacer etapa en Vic para comprar embutido y comer en El Celler d’En Miquel ((12) Facebook) son enormes aciertos, más aún si después hay tiempo para visitar a la Moreneta en la cima del Santuario de Montserrat. La iniciativa de hacer noche -ya en Tarragona– en el Real Monasterio de Poblet (Monasterio de Poblet), verdadera joya cisterciense, fundado en el siglo XII, es plausible por muchas razones: por la belleza del entorno, por la amabilidad de los trabajadores de la hospedería donde los perros son admitidos en todas las dependencia, por la tranquilidad y calidez de las habitaciones…pero, sobre todo, por el propio monasterio. En su iglesia están enterrados los reyes de la Corona de Aragón, incluido Jaume I, y la abadía respira un aire de paz y solemnidad que reconforta el espíritu (ya sé que esto suena muy cursi, pero es bastante cercano a la realidad).


Y ya antes de volver a casa, si no se tiene miedo a las curvas y a las carreteras intrincadas, es muy aconsejable visitar Siurana, enclavada sobre un peñón de roca caliza y flanqueado por la Sierra de Montsant. El pequeño pueblo tiene una hermosa iglesia románica y restos de un castillo árabe, amén del impresionante mirador conocido como Salto de la Reina Mora. Comer carne a la brasa con un vino del Priorat en el Restaurante Siurana (RESTAURANT SIURANA – Fotos, Número de Teléfono y Restaurante Opiniones – Tripadvisor) completa una gozosa escapada que se remata cuando al llegar a Valencia compruebas que ya no quedan los restos de la carpa gigante, ni del monumento, ni de la actividad fallera. Un enorme placer.

