RAÚL BERMEJO, UN REY CON MUCHOS VASALLOS

Hoy llegaba a Valencia pasadas las 10h. Me dirigía a ver a las chicas de La Embajadora cuando al pasar por la calle Doctor Sanchis Sivera he descubierto un aparcamiento libre. Ni zona azul ni nada, tax free. No he podido resistir la tentación, el toldo negro del Nuevo Oslo me ha seducido como las sirenas a Ulises.

Me gusta visitarlo en ocasiones, por que se almuerza bien y por saludar a Raúl Bermejo, Fliquete por parte de madre, propietario y alma mater del local. Es un tipo vital, campechano, buena gente y sobre todo un currante de la hostelería a quien la vida no le puso las cosas fáciles. Su padre llegó a Valencia en los 60, para labrarse un porvenir lejos de su Cuenca natal. Comenzó a trabajar en el Casino y en la Hípica, hasta que se quedó el traspaso de Oslo en 1970, que era una coctelería, para dotarlo de cocina y transformarlo en un bar, de los de toda la vida. Y allí se crío Raúl, entre bocatas, cafés y cañas anduvo la criatura, aprendiendo el duro oficio de barero.

Años después enfermó su padre de un cáncer de páncreas, siempre el puto cáncer, y un joven Raúl que, con tan solo 21 años, tuvo que hacerse cargo de un negocio que ya se les estaba quedando pequeño.  Consiguió un traspaso justo en la acera de enfrente, al que decidió llamarle el Nuevo Oslo y que su padre no llegó a conocer.

El local es una orgía de sensaciones, un techo poblado de guirnaldas de senyeras de plástico (al más puro estilo casal fallero), con una decoración ordenadamente desmadrada donde su propietario ha ido colocando, en cada pared, los iconos de sus más personales aficiones: Una dedicada a las Fallas (con carteles auténticos asegura, otro al melódico Julio Iglesias, otro a las Vespas (con carteles y miniaturas), otro con luminosos de las máquinas de premio, las motos, el Valencia CF y sobre todo esa pared dedicada a las películas del tándem Pajares-Esteso (habrá que quedar un día con Jesús Sáiz y llevar a Fernando a almorzar allí) ¡Si se lo ve entrar le da algo!

Oiga ¿pero se come bien?

Por supuesto, Raúl conoce el secreto del éxito: variedad, buen producto y servicio rápido y atento (no se extrañen si ven a la plantilla tomar nota de los pedidos con una PDA y comunicarse a través de pinganillos). Sirven 25 clases de bocadillos distintos a los que puedes añadir alguna combinación (multipliquen por 2 o por 3 para hacerse una idea de las posibilidades). Yo me he pedido un revuelto de ajetes tiernos al que me ha sugerido añadirle unas butifarras con all i oli (menos mal que esta mañana no he tenido que besar a nadie). La vitrina del Nuevo Oslo es todo un espectáculo: tortillas, embutido, habas fritas, pimientos distintas carnes, algo del mar y chivitos, amén de los bocadillos clásicos y las hamburguesas, los figatells o la panceta con salsa Hoisin. Una eficaz plantilla 6-8 personas que cada día, de lunes a sábado, sirven almuerzos a una variopinta clientela. Para que nos hagamos una idea, estas navidades han estado consumiendo diariamente 205 barras de pan de a cuarto, que significan casi 400 bocadillos diarios. Y su medio bocadillo es media barra de pan, nada que ver con otros locales. Por cierto, mantiene al mismo jefe de cocina que tenía el padre de Raúl, ya le queda poco para jubilarse, así que habrá que ir preparando un relevo a su altura.

Su clientela, que contribuye a crear el genuino ambiente del local, esta compuesta por una fauna variopinta en la que cabe absolutamente de todo. Desde funcionarios circunspectos, pasando por adustas señoras jubiladas, estudiantes con mochila, empresarios y oficinistas o los currantes de los talleres de las inmediaciones. A todos recibe Raúl, que suele ocuparse personalmente del servicio en terraza o en las primeras mesas, con su tradicional ‘Enseguida estoy contigo’. Es tal su profesionalidad que le permite dirigir el cotarro, atender el servicio de sus mesas y a algunos proveedores que pasan a recoger su pedido o a gestionar cobros, siempre con su sonrisa en la boca, impresionante. Y siempre ataviado con la imagen de marca que el mismo se ha creado: pantalón oscuro, camisa blanca con pajarita y tirantes.

Porque no debemos acabar esta crónica sin comentar la comercialización intuitiva que Raúl Bermejo ha desarrollado de su negocio. Sin tener estudios de marketing y publicidad ha sabido crear una imagen muy reconocible, que explota convenientemente, con ese ‘ninot de falla’ en la que se reproduce a si mismo, a modo de photo call, en el que posa la clientela cuando visita el local por primera vez, para compartir selfi en las redes sociales (la misma que yo os muestro en su compañía). Culminando con el golpe maestro de registrar el nombre de El Rei de l’Esmorzaret. Un monarca sin reino, pero con muchos vasallos que acuden cada día a partir de las 9h de la mañana para oficiar el ritual de las aceitunas, el cacau del collaret, las guindillas y el bocata (medio o entero para los más famélicos), con su cacharra (doble de cerveza). El cierre suele ser el cremaet de ron que el mismo se encarga de preparar la noche anterior para que maceren bien las cortezas cítricas, con la canela y los granos de café.

Y a pesar de todo este ritmo frenético aun le ha dado tiempo al bueno de Raúl para tener dos preciosas gemelas y comenzar a practicar deporte. Se le nota, ha perdido esos kilitos que le sobraban.

NUEVO OSLO

El Rei de l’Esmorzaret

C/ Doctor Sanchis Sivera, 7

46008 Valencia

Teléf. 963 85 04 93

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