Encontramos las fotos de la casa en un portal y nos gustó. Madera y piedra, combinando sencillamente lo rústico y lo moderno. Estaba en Veguillas de la Sierra, en Teruel, pero nunca habíamos oído el nombre. No importa, decidimos arriesgarnos, se trataba de pasar unos días tranquilos, alejados de la civilización y el sitio parecía el indicado.
Recogimos bártulos y a lomos de nuestro moderno vehículo chino (que no se entere Trump) nos encaminamos a nuestro destino. Quien piense que enfilamos la Autovía Mudéjar anda muy errado, ya que el camino hasta Veguillas pasa por el Rincón de Ademuz, ese exclave valenciano entre las comunidades de Aragón y Castilla-La Mancha. Y si, el término exclave existe, se refiere a una comarca (enclave) separada físicamente de su provincia y totalmente rodeado por territorios de otras provincias. Con la comarca del Rincón de Ademuz vine sucediendo así desde Pedro II de Aragón y después con su padre Jaime I, quien la puso bajo dominio directo de la Corona de Valencia, junto a la otra villa histórica de la comarca, Castielfabib.
Ademuz y el Rincón
Reconozco que hacía años que no venía por la zona, más de veinte, en la actualidad las carreteras son muy buenas. Elegimos el itinerario vía Utiel, que a nosotros nos resultaba más rápido, atravesando esta comarca que a menudo se nos olvida que es nuestra. Han sido tierras tradicionalmente pobres, de una economía agraria y ganadera, con una industria prácticamente inexistente, antes destacaban por la producción de la apreciada loza verde-manganeso de Ademuz, y ahora comienza un incipiente comercio de productos de la zona para los visitantes: repostería tradicional, carne y gran variedad de embutidos, almendra y sus derivados.



Una comarca que ha visto menguar progresivamente su población en busca de mejores futuros de los que ofrecen estas tierras. Sus habitantes se habían dirigido tradicionalmente a Valencia o Castellón, pero muchos de ellos emigraron más al norte, convirtiendo a la Ciudad Condal en objeto de sus anhelos de mejora. Es curioso como algunos comienzan a regresar, buscando sus raíces o una vida más relajado y tranquila.
Su capital, Ademuz, que se nos muestra como un ordenado anfiteatro bajo la protección de su derruido castillo, se asoma al río Turia (o Guadalaviar) que discurre bravo en su camino hacia la capital donde llega manso y discreto, con un caudal muy menguado. El río cruza su término de norte a sur, configurando en sus dos márgenes una amplia y fértil vega que suaviza considerablemente la orografía montañosa. Allí podemos encontrar almendros y manzanos. La manzana predomina como principal frutal de regadío en esta fértil Vega del Turia. Manzanas de Ademuz que han tenido renombre fuera de la comarca, especialmente la variedad autóctona esperiega, apreciadísima en los mercados.
La N-330 bordea Ademuz y desde su viaducto podemos observar sus casas apiñadas, con la silueta aun visible de su castillo, destruido y reconstruido en varias ocasiones a lo largo de la historia, especialmente durante las guerras carlistas del siglo XIX, y el discreto campanario de la Iglesia arciprestal de San pedro y San Pablo. A poco tenemos que desviarnos por la N-420 que une Teruel con Cuenca, pero a poco de pasar por Castielfabib y Los Santos, nos desviamos a la derecha para enfilar una empinada y prolongada cuesta en dirección al último pueblo valenciano de la comarca, el más occidental y de mayor altura de la provincia, Arroyo Cerezo, conocido popularmente como ‘El Royo’, realmente una aldea de Castielfabib, en un altiplano de 1340 metros, situado a los pies de la ‘Muela del Royo’ y al lado diestro del Riachuelo del Regajo, al que se asoman sus Casas de Abajo. Y desde allí, por una estrecha carretera de carril único y una sola dirección, a tan solo cuatro kilómetros, se encuentra nuestro destino.



A mitad de camino las placas de señalización nos anuncian que entramos en la Comunidad de Aragón, pero poco antes nos encontramos con la indicación del camino/pista forestal a la Cruz de los Tres Reinos, un cerro situado en las últimas estribaciones de los Montes Universales que tiene una altura de 1555 metros. En este lugar convergían antiguamente las fronteras de tres reinos: el de Aragón, el de Castilla y la Taifa de Valencia. La tradición cuenta que en la época medieval, en la luna llena de agosto, se reunían en este punto, a dirimir sus diferencias, los monarcas de Castilla, Aragón y Valencia. Sentados en una mesa triangular para que ninguno de los tres tuviera que abandonar su territorio. Detrás de cada rey cristiano colocaban una cruz y detrás del rey moro, la media luna. La historia asegura que la tradición continuó después de la conquista de Valencia por el rey Jaime I.

Veguillas de la Sierra
Y así llegamos a nuestro destino, Veguillas de la Sierra, tras dos horas y media de camino. A 1270 m de altitud sobre el nivel del mar, la sensación de aire puro invade los pulmones en cuanto bajas del coche. Calma y silencio, que eran casi las tres de la tarde y los paisanos debían andar comiendo en sus casas. Pero también es cierto que son pocos, a penas unas nueve o diez personas entre semana, cantidad que se triplica los fines de semana y, en un alarde demográfico, se planta en unos doscientos. A nuestra llegada un señor mayor sale a recibirnos, es Luis Hernández, padre de nuestro casero, que también se llama Luis. El anda por su Bar Los Tres Reinos, esperando para darnos algo de comer como habíamos acordado telefónicamente. Dos huevos fritos, torreznos y longaniza de orza, todo un chute de colesterol que sienta a las mil maravillas tras el viaje. Mientras nos va contando cosas. No hay tienda en el pueblo, así que debes tirar de carretera y dirigirte a El Cuervo o Ademuz para aprovisionarte. Nosotros ya veníamos bastante aprovisionados de casa. No obstante, nos indica que los jueves suele subir el camión del congelado, una furgo refrigerada de Congelados Margabal de Motilla del Palancar, que nunca les abandona, ni en invierno ni en verano, y que fiel a su cita, hace sonar su claxon a los pocos minutos. Los perros del pueblo al unísono, contestan alegremente, deben reconocerlo. Creo que hay más perros que habitantes y conviven pacíficamente con toda una colonia de gatos. Aquí todo es armónico y calmado.



Cuando tomamos posesión descubrimos que nos encanta nuestra casa, fiel a las fotografías que nos cautivaron en su momento, reúne ciertas modernidades como su TV de pantalla plana de 65’ y su wifi, que hay que aprovechar para conectarse a internet y escribir un poco. Se está muy bien con la leña ardiendo en la estufa, tirados en el sofá admirando el hipnótico baile de las llamas.



Al día siguiente paseamos las pocas calles de Veguillas acompañados por Luispadre. Él marchó a Barcelona hace muchos años, primero trabajó en la Olivetti y recaló definitivamente en El Corte Inglés hasta su jubilación. Llegado ese momento decidió volver al pueblo y su hijo mayor, que junto con su otro hermano también trabajaba en El Corte Inglés, decidió hacer suya aquella frase del entrañable Paco Martínez Soria ‘La ciudad no es para mí’ y regresó junto a sus padres. Tras el fallecimiento de la madre hace unos años, aquí siguen viviendo felices los dos Luises. El padre con su corral de gallinas y patos, también tenía ocas, pero las vendió. A veces se lleva algún disgusto cuando un zorro se cuela en el corral y en una sola noche le despedaza todas las aves. Lo cuenta resignado, son gajes del oficio, pero repone sus gallinas que le dan unos sabrosos huevos, que no están alimentadas precisamente con pienso. Ayer nos obsequió con media docena, unas hebras de azafrán del que ellos mismos cultivan y unas colmenillas (cagarrias, múrgolas o morcellas), posiblemente la especie que más gusta buscar a los aficionados a las setas. Además de tener una forma poco común, con su particular sombrero con celdillas, aparecen ahora plena primavera, la época en la que el monte está más bonito y verde. Nos alecciona para cocinarlas y que no exista ningún riesgo de intoxicación, hervirlas previamente, tan solo cinco minutos. ¡Pasaron a formar parte de nuestro puchero, junto con el azafrán infusionado!



Luis padre, ataviado con gorra, camisa a cuadros y vaqueros con tirantes, nos sigue contando las peculiaridades de Veguillas: el médico viene dos veces por semana, los martes y jueves, pero ante cualquier urgencia le puedes encontrar en El Cuervo donde atiende las 24 horas. Opinan los vecinos que el doctor Matamalas (el apellido no es coña), es muy buen médico, que anduvo muchos años en Médicos Sin Fronteras hasta recalar por estas tierras. El galeno parece haber tenido ofrecimientos para desempeñar en otros destinos, pero él prefiere convivir con estas gentes. Otra visita itinerante es la del cura, que presta servicio también en otras localidades de la zona, que lo de la fe anda muy caro estos días y no es cuestión de ir perdiendo siervos, por eso visita Veguillas cada sábado. Pero si no hay quorum, el hombre coge su coche y se va sin celebrar misa, que las ocupaciones de las gentes de la serranía a veces son inaplazables. El pueblo cuenta con su Iglesia de la Santísima Trinidad, donde el cura oficia en ocasiones para un solo feligrés, y la que se supone fue su parroquia original, la Ermita de San Marcos, que los mayores aun llaman la Iglesia Vieja. Celebran sus fiestas patronales del 22 al 24 de agosto, consagradas a San Roque y a Santa Waldesca o Ubaldesca, como se la conoce por estos lares. Es el momento en el que el pueblo luce en todo su esplendor, se engalana y llena de gentes. Son famosas sus verbenas, a las que acuden también los vecinos de los pueblos próximos.



Y así discurren sus vidas, en medio de un impresionante paisaje de carrascas, pinos y rodenos, junto a un frondoso bosque de centenarias sabinas donde, si te mueves con sigilo, te vas encontrar con gamos, corzos y ciervos, a mitad de camino a ninguna parte, envolviendo los campos de trigo que cultivan los habitantes del pueblo que comenzó siendo Las Veguillas y más tarde Veguillas del Cuervo, ya que fuera pedanía de este hasta que se independizaron definitivamente en 1916.
Su ayuntamiento se constituye en régimen de Concejo Abierto, es un sistema de organización municipal en el que pequeños municipios que no alcanzan un número de 50 habitantes se rigen por un sistema asambleario en el que la Asamblea de Vecinos hace las veces de pleno. Su alcalde actual es Amalio Murciano, que cuenta con un suplente y un consejo del que son miembros los 20 veguillanos censados (8 mujeres y 12 hombres), aunque de ellos solo la mitad residen habitualmente en Veguillas. Ahora están de enhorabuena ya que en junio pasado nació Bruno, el primer niño después de 45 años. Es el niño del pueblo, hijo de una urbanita que en su día decidió fijar aquí su residencia.
Nuestro anfitrión, Luisito como le llama su padre, regenta el bar del pueblo, sin horario fijo. Un letrero en la puerta, con su número de móvil, te invita a llamarle si necesitas cualquier cosa. Este Bar Los Tres Reinos se ha convertido en el club social local en el que los vecinos se reúnen para hablar de sus cosas o, como la otra tarde, cuando tres vecinos de Tormón se vinieron a echar una partida al Guiñote, porque allí no eran bastantes, cosas de la serranía.
Veguillas de la Sierra te enamora. Su paz, su aire limpio y seco, sus cielos claros y su gente buena y tranquila. Nos vamos con el firme propósito de volver a este apéndice inferior que en los mapas parece querer desgajarse de la Provincia de Teruel, a la vera del Río Ebrón, encajonado entre Cuenca y el Rincón de Ademuz. Recuperando un viejo eslogan ¿Se habrán olvidado en su capital de que Veguillas también existe?



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Pero si prefieres hablar directamente con nuestro anfitrión: Luis Hernández 606 75 89 09

